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Belén, de Madrid, nos cuenta su fascinante viaje en Perú, después de una estancia de tres meses en la selva amazónica como voluntaria.
Recorriendo el País Inca
Mi viaje en Perú fue un viaje que nunca olvidaré por las maravillas que pude ver en este fascinante país inca y por todas las aventuras que me acontecieron. Inicié mi viaje después de estar tres meses en la reserva de Tambopata (Amazonía peruana) trabajando como voluntaria en un proyecto de conservación de la naturaleza. Aunque la selva me encantó, comenzaré a relatar el viaje que realicé después que por circunstancias tuve que hacerlo sola y que tuvo una duración de 3 semanas.
La aventura comenzó cuando cogí el autobús desde Puerto Maldonado (pueblo más grande del área de Tambopata) hasta Cuzco. Hubo gente que me recomendó que cogiera uno de los camiones de carga que salían casi todos los días en dirección a Cuzco, pues era más emocionante viajar al aire libre y viendo todos los paisajes (uno viajaba con la carga). Pero también me avisaron que podría ser desagradable por la cantidad de pasajeros y el frío. En fin, finalmente decidí ir por la opción más segura que era la del autobús, aunque tampoco estaba exenta de riesgos como después pude comprobar.
Hasta el último momento no sabíamos si podríamos salir el día para el que compré mi billete, pues días antes hubo derrumbamientos en la carretera (algo muy común debido a las torrenciales lluvias) y entonces era peligroso conducir por allí. Finalmente la situación pareció solucionarse y partimos de Puerto Maldonado el día y la hora programada. Afortunadamente, aquel tramo de mi viaje no lo hice sola, pues me acompañó una amiga de Cuzco que trabajó conmigo en el proyecto de la selva.
El viaje fue largo, un día y medio en la carretera, bueno si se le puede llamar así ya que más bien era una pista enlodada llena de rocas y baches. El autobús no era un autobús normal, era una especie de autobús todo terreno. En una ocasión vi un camión que había volcado y como tenía botellas de cerveza todo el mundo corría a llevarse lo que podía sin importarles mucho las condiciones en que estaba el conductor. En ese momento me alegré de haber cogido el autobús. Paramos en un pequeño pueblo para comer y era como estar en un lugar perdido muy lejos de todo. Tenía un aspecto muy destartalado y los baños eran deplorables. Debo decir que yo era la única europea y blanca en el autobús, aparte de un francés que debía estar alucinando tanto como yo. Casi todos los demás eran indígenas y campesinos; toda una experiencia de inmersión cultural.
Poco a poco fuimos dejando la selva y nos adentramos en las montañas de los Andes que eran más impresionantes de lo que yo imaginaba. La carretera pasaba al lado de precipicios en muchas ocasiones y yo veía con aprehensión como las ruedas del autobús pasaban por el mismo borde. Ya al atardecer llegamos a altitudes importantes donde las montañas estaban nevadas y pasamos por granjas tradicionales donde los indígenas ataviados con sus coloridos trajes cuidaban de sus llamas.
Después de algunos percances con las ruedas (se pincharon en dos ocasiones), además del atasco que se formó cuando estábamos en la zona de la selva a causa de un camión que se averió, llegamos por fin a Cuzco, a eso de las 6 de la mañana, y no fuimos a una estación de autobuses, sino que aparcamos en una calle desierta y apartada de la ciudad. La mayoría de los pasajeros esperaron prudentemente a que se hiciera de día, pues era peligroso andar de noche por la ciudad, incluso con un taxi. Mi amiga y yo hicimos lo mismo y cuando se hizo de día pedimos un taxi. El taxi me dejó en el hostal que había reservado y mi amiga siguió hasta su casa.
Cuzco me pareció una ciudad preciosa, muy cultural y bastante limpia y estética. No se parecía en nada a Puerto Maldonado, la ciudad de la selva. Pasé en Cuzco más de una semana, pues fue mi base de operaciones para visitar todos los enclaves de los incas: el Valle Sagrado (Urubamba), Sacsayhuamán, Ollantaytambo, Chincheros, kenko, Pisac, y por supuesto, el Camino Inca. La agencia con la que hice el Camino Inca me decepcionó un poco. Me pidieron el pasaporte el día anterior a la salida con la excusa de que tenían que solucionar algo de mis billetes de tren. Al día siguiente descubrí que era para hacer un carnet falso con el nombre de otra persona y así tener el permiso para hacer el Camino Inca. El permiso hay que pedirlo con mucha antelación (ahora está muy controlado el número de turistas que hacen el camino) y como yo ya estaba fuera de tiempo me tuvieron que hacer pasar por otra persona que canceló. Descubrí que yo no era la única, pues a otros compañeros míos les pasó lo mismo.
Casi todos los que vinieron conmigo al Camino Inca eran españoles, excepto un americano y dos brasileñas de origen japonés. Enseguida hicimos buenas migas y lo pasamos bien juntos. Los porteadores iban cargadísimos pues llevaban las tiendas, los sacos de dormir, los utensilios para cocinar, la comida, etc. Nos lo montaban todo cuando llegábamos al campamento base ya teníamos la comida esperándonos. Lo peor fue cuando llegamos a la máxima altitud, casi 4000 m , y entonces yo ya iba ahogándome, parándome cada pocos pasos para intentar respirar. Pero mereció la pena por los paisajes tan impresionantes que pude contemplar y las ruinas incas que visitamos de camino. Por fin, después de cuatro días, llegamos a Machu Picchu, lugar mágico y lleno de misterios, aunque yo no pude disfrutarlo demasiado a causa de mi agotamiento y la masificación de turistas.
Al día siguiente, de vuelta en Cuzco, me encontraba terriblemente mal a causa de una gastroenteritis, por lo que tuve que ir al médico. Después de hacerme pruebas, descubrieron que tenía una bacteria y tenía que tomar medicación. En los tres meses que llevaba en Perú no tuve ningún problema de salud y aquello me deprimió bastante y por si fuera poco estaba sola. Lo peor es que tenía que coger el autobús a Puno el día de después y yo dudaba mucho que pudiera estar recuperada. Tenía un tour de dos días en el Lago Titicaca reservado con la misma agencia del Camino Inca.
Llamé a la agencia para aplazar mi viaje pero no fue posible, así que decidí intentarlo. Pasé un viaje en autobús terrible, yendo al baño cada dos por tres y deseando llegar para meterme en la cama. Cuando llegué, tuve que anular mi tour al lago Titicaca y me encerré en mi habitación de hotel durante dos días para descansar. Gracias a Dios, al tercer día me recuperé y pude hacer un pequeño tour de una mañana a una de las islas de totora del lago Titicaca, pero me quedé con las ganas de pasar dos días en una isla de los Uros (de tierra, eso sí) donde me habría alojado en una casa de indígenas y habría asistido a uno de sus bailes vestida como ellos. Por la tarde pude ir de visita a Sillustani, una zona arqueológica con monumentos funerarios de los Collas.
Mi viaje terminaba en Arequipa, la tercera ciudad más grande de Perú y de donde salía mi último tour, el Cañón del Colca. De nuevo el tour lo había reservado con la agencia de Cuzco, gran error por mi parte, ya que hubiera salido más barato si lo hubiera reservado con una agencia de Arequipa. La ciudad era atractiva, luminosa y agradable, y tuve un día entero para conocerla. Después hice el tour del Cañón del Colca durante dos días, donde una vez más conocí bastantes españoles y algunos peruanos de la capital o que vivían en Estados Unidos. Vimos llamas y alpacas por el camino, y paramos en puntos interesantes de la ruta, para llegar finalmente a las famosas piscinas de aguas termales. También tuvimos una cena con música y danza tradicional donde nos reímos bastante pues muchos salieron a bailar. Pero lo mejor fue sin duda el segundo día, cuando pudimos contemplar bastante cerca a los majestuosos cóndores andinos. Para mí aquello fue el colofón de un gran viaje que siempre permanecerá en mi memoria.
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