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  Luis, de Salamanca, nos relata sus peripecias viajando en Jamaica.

Viajar es para mí, sin duda, la experiencia más gratificante de las muchas con las que procuro aderezar mi vida y con mucho la que me proporciona sensaciones más intensas.

Y en cuanto a esto, quizá el más intenso de mis viajes fue el que hice a Jamaica en las navidades del año pasado (2004-2005).

Ya desde el comienzo empezaríamos con una emoción muy fuerte: la de perder el avión por extraviar los billetes después de tres meses de planificación. Un malentendido entre mi compañera y yo que nos hizo quedarnos con un palmo de narices en el aeropuerto de Chicago a 20 grados bajo cero. Después del susto conseguimos deshacer el entuerto y salimos al día siguiente con destino a Montego Bay.

De Montego Bay no os contaré nada, que mejor no vayáis. Es uno de esos Resorts para turistas americanos. La mejor playa es privada y fuera de ella los jamaicanos de Montego Bay pueden hacerle a uno la vida imposible. En las ciudades ya se sabe.

Conseguir el coche para movernos por la isla nos costó lo nuestro. La afamada pachorra jamaicana no es un tópico. El coche que habíamos contratado se lo habían alquilado a otras personas así que nos llevo dos días conseguir otro. Finalmente nos dieron uno con doscientos mil kilómetros todo abollado, lleno de hormigas y con los asientos destrozados. Ideal para pasar desapercibidos.

Después de un par de días que nos podíamos haber ahorrado perfectamente salimos hacia Nine Mile, pueblo natal de Bob Marley. La primera sorpresa al enfilar la carretera que debía de llevarnos al interior de la isla fue una señal de obras: tramo en obras ¡300 kilómetros!

Viva Jamaica…

Esto proporciona una idea bastante clara de cómo funciona este país. Al principio puede extrañar, pero el desenfado, la parsimonia, la despreocupación terminan resultando simpáticas y entrañables.

Total, que con nuestra lata y por este pedregal con trozos de asfalto, tras perdernos y encontrarnos varias veces llegamos finalmente a Nine Mile. Nine Mile est en medio de las montañas y aquí se encuentra el mausoleo de Bob Marley y su casa. Está gestionado por su familia y se puede visitar. En una de las velas que rodean su tumba encendimos un cigarro de la risa calibre zanahoria que nos habían dado unos simpáticos rastas que había a la puerta. No nos lo fumamos entero sino que me lo guardé como recuerdo de tan solemne momento.

Esta visita es interesante no solo por visitar la tumba sino por los paisajes que se pueden contemplar en el trayecto.

De ahí nos dirigimos a Ocho Rios con tan buena suerte que a mitad de camino, en un lugar recóndito de la montaña nos detiene una patrulla formada por tres policías. Nos sacan del coche a punta de metralleta y nos preguntan si llevamos marihuana. Ante nuestra negativa registran el bolso de mi compi donde encuentran (sorpresa!) el porramen que nos habían dado en Nine Mile. Total, nos separan y nos interrogan a cada cual por su lado. A mi me amenazan con llevarnos a comisaría con acusarme de tenencia de drogas (aunque todo el mundo fuma, la marihuana está prohibidísima en jamaica, oh paradoja).

Imaginad lo que debe ser pasar una noche en una cárcel jamaicana, tú por un lado y tu compañera por otro.

El porro no era demasiado preocupante. Si a estos elementos se le hubiera ocurrido arrestar a dos turistas como nosotros (el turismo es un factor muy importante en la economía jamaicana) por un chuflillo de nada, probablemente se hubieran llevado una bronca de su superior y fuera (o eso pensaba yo). Además si nos hubieran detenido a nosotros hubieran tenido que detener a los rastitas del pueblo de al lado (y eso, seguía pensando yo, no era posible). Pero tampoco se trataba de tentar a la suerte y más tratándose de nuestra integridad física. La otra razón por la que no podíamos permitirnos ser arrestados es porque en el maletero llevábamos (sorpresa!) una bolsita bien hermosa de ese producto típico que ha hecho famosa a Jamaica. Y eso a mi ya me preocupaba más. En ese momento veo que uno de los policías comienza a registrar el maletero. A estas alturas mi presencia de ánimo y mi aplomo ya empezaban a flaquear. Tengo que decir que a mi me habían llevado lejos del coche y de mi compañera con lo cual no sabía con exactitud nada de lo que estaba sucediendo por allí.

Total, que yo ya había renunciado a cualquier posibilidad de salir airoso de todo esto y decidí apelar a nuestro último recurso: el soborno.

Todavía cuando recuerdo el episodio se me entumece el ombligo. El caso es que no se muy bien cómo, al rato nos metieron en el coche, nos llevaron a un lugar mucho más apartado aun donde le dimos lo que yo llevaba encima (no era mucho. La que llevaba el dinero era mi compañera) y adiós muy buenas. Eso si, no sin antes llevarnos de vuelta hasta la carretera de Ocho Ríos y devolvernos el porro-souvenir.

La bolsa de maría no se aun como no la encontraron pues apestaba nada más abrir la bolsa de la ropa. Puede ser que no llegaran a abrirla o que encontrasen primero la de la ropa sucia y desistiesen.

Y bueno, esta no fue la última de las peripecias. Días más tarde nos volvieron a detener, con la misma bolsita (esa vez no pasó nada). Nos chocamos con un coche lleno de temperamentales jamaicanos seguido por otro coche lleno de sus temperamentales amigos. Fue ahí cuando descubrimos que el coche, además de no llevar rueda de repuesto (eso lo descubrimos cuando pinchamos en medio de las Blue Mountains) no llevaba tampoco papeles. Esto nos dio la oportunidad de conocer el interior de una comisaría en Jamaica.

Desde luego no todo fueron desgracias. Entre susto y susto descubrimos el paraíso (no os diré donde está por eso de tratar de que permanezca lo menos alterado posible. El que quiera que lo busque. Así cuando lo encuentre lo disfrutará aun más). Nos pusimos hasta arriba de Jerk Chicken, un pollo riquísimo asado en bidones de lata cochambrosos (cuanto más sucio más rico) y la Red Stripe jamaicana, una cerveza excelente para el que no la conozca. Vimos una ceremonia Vodoo en medio de la naturaleza (desde lejos, por miedo a convertirnos en material de sacrificio).

Y lo que me olvido…